EL DICTAMEN – PUBLICAR DOMINGO 25 / 05 / 08

EL GUERRERO ESPIRITUAL

“Un guerrero no deja de hacer lo que él ama, él encuentra el amor en lo que hace”
Dan Millman

      Cuando oí por primera vez esta expresión la archivé, sin siquiera indagar su significado, en ese cajón de la memoria donde uno pone lo que en el momento parece no servir, pero que no deja de generar alguna intriga como para considerarlo en un futuro, cuando tenga sentido hacerse cargo, porque la vida nos pone en una circunstancia que pareciera precisar de un nuevo vocabulario para expresarla. Habiendo transcurrido mi adolescencia en los tiempos del “flower power”, un movimiento que generó mucho ruido y no tantas nueces, pero que dejó su huella, me sonaba  a una manifestación de lo que ahora se denomina la “new age”, una corriente de pensamiento que ha logrado ocupar un gran espacio en los estantes de las librerías tradicionales y que, en principio, poco parecía tener que ver con los claros, ordenados y racionales principios que habían regido mi vida profesional, orientada a la ciencia y, en consecuencia, determinado mi interpretación del mundo.
Sin embargo, convencida que a toda buena idea le llega su cuarto de hora, me propuse explorar el término cuando, ya inmersa en esta nueva aventura del conocimiento denominada Coaching, descubrí que es parte de su vocabulario y que de esotérico no tiene nada, aunque linde con ese espacio donde las cosas no son comprobables y que solemos llamar espiritualidad, cuyo epicentro parecería ser el alma.
Pues de primera intención y sin hurgar demasiado, descubrí que se trataría de alguien emprendedor, que va tras de sus metas aún corriendo riesgos, aceptando tareas sin importar la seguridad y la certeza de sus resultados. Extrapolando lo dicho por Martín Seligman, que mucho ha escrito sobre el optimismo, podría decirse que el guerrero espiritual es un optimista que concibe la vida como una “aventura del alma”, como un camino trascendente hacia la sabiduría y la propia realización. Y que, como acota Fred Kofman, “sabe que puede aprender y crecer a partir de cualquier situación que se le presente, porque tiene un arnés trascendental que lo mantiene a salvo a través de las pruebas y tribulaciones que enfrenta”. O sea, es alguien que puede, aún sumergido en el dolor, afrontar la desgracia como un reto sabiendo que, a la postre, redundará en crecimiento interno, como resultado de la expansión de su propia conciencia. Y no se trata de ser fuerte, como nos recomendaría cualquier amigo cuando enfrentamos alguna dificultad vital, sino de aceptar que somos vulnerables y en lugar de resistir,  buscarle sentido al dolor por el que estamos atravesando y ver qué de bueno nos trae a cambio y que antes no estaba  a nuestro alcance.
Un ejemplo paradigmático, que ilustra el concepto, es la historia real de Dan Millman, de la que él mismo da testimonio en su libro “El camino del guerrero” (que sirvió luego de base  para el guión de  una película). Siendo un joven atleta en camino de convertirse en una estrella de la gimnasia olímpica y a punto de competir en las olimpiadas, tuvo un accidente de moto del cual salió con vida, pero con una pierna fracturada en diez y siete partes (algunos reportan cuarenta) y desahuciado por los médicos, quienes decretaron que su carrera había acabado ese mismo día. Sin embargo, y para sorpresa de todos, el muchacho tuvo una recuperación tan extraordinaria, en tan sólo diez meses, que luego ganó, junto con su equipo, el campeonato nacional de gimnasia.
Como dice el propio Millman, a propósito del guerrero espiritual, y para alejar mis dudas, “los guerreros se deben enfrentar a sus sombras, luchar contra sus demonios y ser realistas”, en sintonía con el pensamiento de Carl Jung, quién creía que “la iluminación no consiste en ver formas luminosas y visiones, sino en hacer visible la obscuridad”. Y para eso es necesario renunciar, como propone David Whyte, un poeta profesional de tiempo completo que se dedica a formar líderes, “a nuestro deseo de inmunidad frente a los desafíos inesperados del dolor y la dificultad”, sabiendo que el dolor es fisiológico por lo tanto inevitable. Pero el sufrimiento que el dolor trae aparejado, es una elección personal que tiene que ver con la interpretación que hacemos de ese dolor, y es nuestra indelegable responsabilidad decidir cómo lo vamos a integrar al continuo de nuestra vida, para que se convierta en sustancia nutritiva. Porque el guerrero espiritual es, en la apretada síntesis de Paulo Cohelo, como el agua de un río, que fluye entre los obstáculos que encuentra y se adapta al camino más factible, sin olvidar su objetivo: el mar.

Clara Braghiroli

Coach Profesional
BUENOS AIRES – Argentina